Vive en Bello que siempre tiene transporte 24 horas, entonces no le queda difícil recorrer las calles para mirar su próxima víctima, su próxima pared.
“Una vez llego, descargo el morral, saco latas, extiendo la plantilla, y empiezo a esparcir la pintura, casi sin entrar en detalles, ser rápido, para no ser delatado”
Agilidad para: pensar, hacer y fugarse; rapidez para: sacar, poner y rociar; vértigo que debes controlar; adrenalina que no te deja de acompañar.
“El susto no me dejaba trabajar, luego me fui relajando. El primer stencil lo hice en 20 minutos, ahora mi record ha sido 8 minutos”.
Son las 10 de la noche, las calles de la estación Caribe son las víctimas de la protesta humana o, como muchos llamarían, arte.
Caminaron lejos de la estación donde ningún tombo los pudiera ver, en una pared ya lo suficientemente intervenida decidieron plasmar la nueva obra. El frio era bastante, los carros subían y bajaban, mientras Juan y Yosman iban caminando con dos maletas donde llevaban varias latas de aerosol: negra, roja y blanca sumando la plantilla.
Un stencil de dos colores puede valer 15. 000 pesos, que perdurarán meses hasta que el tiempo los borre de la memoria de los ladrillos.
“Aquí marica o qué” preguntó Juan, “Hágale”. Arrojaron las maletas al suelo mientras las luces de los carros hacían de esta escena todo un espectáculo.
Juan sacó de su morral las latas y cuidadosamente sacó la plantilla, arrodillados tomaron la posición de delincuentes. Una a una fueron ensayando las latas, el olor indescriptible del aerosol comenzaba a concentrarse, primero midieron la plantilla al muro, no les importó que esta pared ya no da a vasto, “ese es el cuento hacer grafiti encima de otro, seguro después van hacer uno encima del mío” explicaba Juan mientras sostenía la hoja.
“Cojéelo, bien marica”, le pide Juan para poder rociar su primera mancha de la noche, con un palo de batería, sostiene el papel contra la pared y comienza a sacudir la lata, primero la negra, luego la roja, y por último los detalles con blanco.
El rostro dibujado en la plantilla, les demandó más tiempo y con más cuidado, los dos se inclinaron escrupulosamente para pintar cejas, delinear ojos, formar los labios, marcar expresiones. Luego se arrodillaron para dar las sombras, dar formas, marcar las arrugas de la ropa, y darle una forma más real.
Esa escena se convirtió en un color rojo que aparecía y desaparecía, un color intermitente, que hizo suspender la excitación que se sentía en el momento, un color rojo que hizo alertar los cuerpos en cuclillas frente al delito, las cabezas se calentaron, las manos se entumecieron, las rodillas se debilitaban, y despacio mirándose entre sí, fueron soltando las latas de aerosol.
“Ay jueputa”, fue lo único que alcanzó a decir Yosman, cuando su cuerpo respondió y miró la luz roja. Sólo era una ambulancia que pasaba con la sirena encendida.
Las manos manchadas, un olor indescriptible, una satisfacción de rebeldía, y una mancha “artística” más para que la monotonía de la ciudad son los resultados de un trabajo planeado de día, que duerme en la noche y que despierta para permanecer en el ambiente convirtiéndose en galerías abiertas, hasta que el mural se convierta en un grisáceo ladrillo más.
Caminar con la satisfacción de ser “inmortalizado” como dice Juan, de ser un Banksin, el stencilero más buscado por las autoridades de Londres. Pensar que este arte atropella pero no forma fronteras, pensar que la ciudad habla sin preguntarle nada, pensar en una nueva intervención los lleva a descansar para que otros se levanten a rematar.
Si es una cadena humana, si es un vicio sin sentido, lo que sí es cierto es que esto da vida. Vándalos de capucha, o sin capucha, con latas o sin latas, con plantillas, o sin ellas hay una furia en la calle que se hace escuchar, y ahora Medellín las está aceptando.
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